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APRENDA OPTIMISMO

APRENDA OPTIMISMO (Oscar Jovenich Nario)

Y de nuevo estamos en crisis. Las crisis pueden ser individuales, familiares, organizacionales, nacionales o mundiales. Pero el efecto es el mismo para el individuo: la destrucción de sus certidumbres y la desorganización en su rutina de vida.
Pero las crisis son buenas y necesarias en la vida (aunque no sean agradables).

Estas nos permiten renovar nuestros paradigmas y rutinas establecidas y poder recrearnos y resurgir con nuevas fuerzas.

Como los incendios  forestales o los volcanes recrean la naturaleza.
Pero en el caso de los individuos y sus organizaciones, este reinicio puede resultar exitoso o desastroso. Como reiteramente lo simbolizan los ideogramas chinos que forman la palabra “crisis”:“oportunidad”+ “riesgo”.

¿Qué podemos hacer para tener éxito en esta coyuntura?

“APRENDER” A PENSAR Y ACTUAR CON OPTIMISMO.

Dos formas de considerar la vida:

Es característica definitoria de los pesimistas que se inclinen a pensar que lo desagradable durará siempre, o por lo menos muchísimo, socavarán cuanto se propongan hacer... y será por su culpa.

Los optimistas, que deben enfrentarse con los mismos golpes de este mundo, piensan de manera completamente opuesta. Tienden a pensar que la derrota es sólo un contratiempo pasajero, que sus problemas se reducen a esa única circunstancia.

Los optimistas no atribuyen los contratiempos a su propia culpa, sino que los achacan a la mala suerte, los provocan otros o simplemente suceden. Esas personas no se desconciertan frente a la derrota. Enfrentados a un problema, perciben que allí se les presenta un reto y lo intentan otra vez con más energía.

Cientos de estudios demuestran que los pesimistas se rinden más fácilmente y se deprimen con mayor frecuencia. Esos experimentos prueban también que los optimistas van mejor en los estudios, en el trabajo y en el deporte. Sobrepasan regularmente los promedios de las pruebas de aptitud.

He comprobado que, en pruebas efectuadas en los seminarios talleres realizados en CENAC a miles de personas, un número sorprendentemente grande aparecerá como profundamente pesimista, y otra gran porción presentará acusadas tendencias hacia el pesimismo.
Una actitud pesimista puede parecer permanente. Y sin embargo, se han encontrado formas de eludir el pesimismo. En realidad, los pesimistas pueden aprender a ser optimistas, aprendiendo toda una nueva batería de habilidades cognitivas.

Un territorio por conquistar

Hay otro fenómeno que constituye el núcleo del fenómeno del pesimismo, y es el sentimiento de impotencia, de desamparo. Se trata de un estado de cosas, de una situación donde nada que uno pueda elegir habrá de afectar lo que le ocurra.

Ese largo período que se extiende entre la infancia y nuestros últimos años, es un proceso que consiste en emerger del desamparo más impotente a la adquisición de nuestro control personal.

Con estas dos palabras, “control personal”, quiero significar la capacidad para modificar cosas según nuestra voluntad; es precisamente lo contrario de la impotencia.

Hay muchas cosas de la vida que están más allá de nuestro control, como el color de los ojos, la raza, una sequía; pero también existe un vasto territorio que puede responder a nuestro control, si decidimos hacerlo...  seguir incontrolado si lo dejamos a otros o al destino.

Nuestro “modo de pensar” en torno a todo esto puede acentuar o reducir el control que tenemos sobre la vida. Nuestras ideas y pensamientos no son simplemente reacciones frente a los acontecimientos; esos pensamientos e ideas cambian las consecuencias.

Treinta y seis años de estudios me han convencido de que si creemos habitualmente, como lo hace el pesimista, que nosotros tenemos la culpa de nuestras desdichas, que la mala suerte será perdurable y echará a perder cuanto se nos ocurra hacer, entonces, lo más probable es que ese modo de pensar atraerá la desdicha sobre nosotros, exactamente al contrario de lo que pasaría si pensáramos de otra forma. Las profecías pesimistas tienden a cumplirse.

Una investigación cuidadosa demuestra que las personas con hábitos pesimistas pueden convertir el menor contratiempo en una catástrofe. Una de las formas de proceder así es, convirtiendo la propia inocencia en culpabilidad.

Los “hábitos mentales” no tienen porque ser permanentes. Uno de los hallazgos más significativos hechos por la psicología en los últimos cincuenta años es que los individuos pueden “elegir su manera de pensar”.

Las argumentaciones para explicar la conducta, que contaban con mayor consenso empezaron a cambiar radicalmente a partir de 1965, más o menos. El medio en que una persona vive se considera cada vez menos importante como causa de comportamiento.

Y así las teorías dominantes en Psicología  modificaron su enfoque en los últimos años de la década de 1960 para pasar de la acción del medio a las expectativas, preferencias, elecciones, decisiones, control y desesperanza individuales.

Esta modificación fundamental en el ámbito de la sicología se vincula de manera íntima con un cambio también fundamental en nuestra propia psicología. Por primera vez en la historia- debido a la tecnología y la producción masiva, a la distribución de la riqueza y otras razones-, muchísimas personas están en condiciones de medir significativamente su elección y, en consecuencia, de ejercer un control sobre sus vidas. No es la menos importante de esas elecciones la referente a nuestros hábitos de pensamiento.
Para finalizar tomo las palabras de WILLIAM JAMES - Psicólogo de la Universidad de Harvard.
“El gran descubrimiento de mi generación es que los hombres pueden alterar sus vidas al alterar sus actitudes mentales”.

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